jueves, 16 de abril de 2015

Peinado trenza espiga

El jueves pasado fue la cena de Navidad con las Niñas. Esa misma tarde fui corriendo al Centro Comercial más cercano a comprar algún detalle rojo, y no fui demasiado orginal, aunque, eso sí, mi tanga de Woman Secret con el dibujito de un trebol y la inscripción "Lucky New Year" fue sin duda el más bonito de la noche ( por no hablar de su bella compradora, ejem) Cenamos las ocho que somos en un vegetariano recién abierto en pleno centro de South City, con una comida excelente y música clásica en directo a cargo de dos jóvenes, violinista y pianista respectivamente, pero donde vimos un ratón ( que no rata) y donde mis Niñas, bebedoras compulsivas, tuvieron un incidente memorable a causa de un par de botellas de Lambrusco.

Los regalos estuvieron muy en la línea de cada una, y como yo le toqué a Luca, que es nuestra pija personal, mis calcetines ( de rayitas, por supuesto) y mi neceser monisísimo de Woman Secret ( sí, ya lo sé... es que me encanta esa tienda) venían en una preciosa bolsa de diseño. Lo más gracioso fueron los detallitos rojos: varios tangas, un par de gorros de Papá Trenza espiga, unos calcetines para andar y el antifaz de leopardo y encaje rosa de Trenza espiga.

Rojo no era, pero juego dio un montón: Campanilla se lo puso en todos los pubs en los que estuvimos, para despiporre general . Después de la cena las Niñas hicieron botellón en una plaza del centro, en la que calculé que debía haber unas cincuenta personas por metro cuadrado ( y no me preguntéis cómo) Entre cubata y cubata ( de las Niñas, que no míos) hicimos el ganso como locas, cantamos éxitos de los ochenta, y entablamos conversación con cualquiera que no huyera asustado de nosotras. Polita se empeñó en buscar novio a todas las solteras del grupo, y se emperró especialmente con un chaval de mi clase cuyo nombre no conozco (pero al que yo llamo para mí Frodo) y del cual espero que ingiriera la cantidad suficiente de alcohol como para haber olvidado completamente mi cara al día siguiente.

En la plaza, como era de esperar, nos encontramos a media SouthCity, empezando por compañeros de instituto, pasando por gente de la Universidad y terminando por los Niños de Once. Cuando las Niñas terminaron el whisky escondimos la tercera boella de Lambrusco y nos fuimos a una discoteca llena de gente donde bailamos canciones que no conocía y gastamos la memoria de mi cámara sacando fotos, la mayoría de ellas de las Niñas zampándose a morro y por turnos la susodicha botella, aunque también hay varias con tíos que ni siquier sé de dónde salieron ( menos mal que no bebo) El segundo pub de la noche fue un antro de música negra donde el aire estaba tan cargado que comencé a sentir claustrofobia y casi tuve un ataque de nervios; cuando conseguí habituarme a que gente desconocida se frotara contra mi espalda sin pegarles patadas en la espinilla me relajé un poco y tuve tiempo de hablar con Nemo, al que me encontré después de varios meses y con el que siempre me río, y con varios compañeros de clase, a cual más borracho perdido. Al salir decidí regresar a casita, y cogí un taxi con Gata y Campanilla ( la cual entraba a trabjar un par de horas después)

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